Tengo que advertir que lo que voy a contar en estas líneas no es un ejemplo para nadie. Ni siquiera para mi hijo —motivo principal de que me haya decidido a escribir este libro, y con quien confío que algún día podamos leer estas palabras juntos y reflexionar sobre ellas—. Él no es ni será un niño de barrio. Su infancia transcurre y, me temo, transcurrirá con una sobreprotección que ni yo ni los de mi generación tuvimos. Hay muchas situaciones que yo viví que él se perderá, y otras que vivirá de manera diferente. Hoy en día es impensable que dos niños de 8 años caminen solos durante tres kilómetros para ir a misa un domingo por la mañana, por ejemplo. O que jueguen a saltar con una cuerda sobre una acequia a rebosar de agua. O que se enfrenten a pedradas vivas contra los del barrio de al lado... por citar sólo algunos de los capítulos, aún por escribir, que compondrán este libro; y que espero sirvan a mi hijo, y a todo el que lo lea, como una experiencia ajena de la que aprender.
No fui un niño malo, pero tampoco bueno: fui simplemente un «niño», y con el paso del tiempo he aprendido que esa palabra lo engloba todo. En este libro voy a contar cosas que seguro que harán que mi madre se lleve las manos a la cabeza: como cuando nos dio a los "inocentes" niños de mi barrio por robar todas las estrellas de los coches Mercedes que encontrábamos a nuestro paso por las calles de Molina de Segura, una pequeña ciudad, o un gran pueblo, de la provincia de Murcia —lo cuento ahora porque creo que ya ha prescrito—, o los pequeños escudos de los Ford Guía, o los candados de las tapaderas de los contadores de agua de las casas, o llamábamos a los telefonillos de los edificios y echábamos a correr mientras a nuestras espaldas escuchábamos decenas de voces preguntando "¿quién es?... ¿quién es?"... ¿Por qué lo hacíamos? Eran travesuras. No éramos delincuentes. Sólo éramos niños, y los niños tienen que experimentar, sentir, transgredir, cruzar las líneas marcadas, caer, llorar, sudar, reír, levantarse y volver a caer... Antes no jugábamos a la "Ballena Azul" a través de Internet, más que nada porque hace treinta y pico años no existían ni los teléfonos móviles, pero también teníamos la continua necesidad de lograr la aceptación social de los amigos a través de pequeños desafíos que nos hicieran adquirir cierto prestigio delante de ellos. Y es que los niños en manada son muy peligrosos. A todos nos han desafiado con la mirada cruzando delante del coche con chulería, o nos han escupido en la cabeza desde lo alto. «Los niños en manada, ¡vaya hijos... de ****!. Los hombres del mañana, ¡vaya hijos... de ****!», cantan Love of Lesbian. Pero también escribiré sobre asuntos más divertidos; como cuando íbamos a espiar a las parejas mientras intimaban en sus coches a las afueras de la ciudad, en la cuesta de "El Romeral" —tengo que reconocer que jamás vi ni una teta... si acaso algún codo desnudo por la ventanilla, como mucho—, incluida la noche del domingo en la que uno de esos coches nos persiguió a toda velocidad, con no muy buenas intenciones, y tuvimos que escondernos en una obra, lo que provocó que mi amigo Castro se hiciera un siete gigante en el pantalón de tela a rayas verticales, grises y negras, estrenado ese mismo día, y del cual su madre le había encomendado, horas antes, que bajo ningún concepto se lo llegara a manchar, si no quería llevarse la paliza del siglo. Imaginad su cara de "this is the end", cuando tras saltar la enrobinada alambrada se escuchó un seco «ras»...
También tengo que advertir que mientras que todo lo que cuento en este libro es verdad, la mayoría de los nombres de los personajes que aparecen aquí son inventados; pero, insisto, no sus acciones. Nunca desvelaré, bien por falta de confianza, o por miedo de que mis palabras puedan meter en algún lío, 30 años después, a alguien... quien era el que le quitaba a su padre del bar decenas de monedas plateadas de 200 pesetas —unos 12 euros—, y nos invitaba a todos sus amigos a las máquinas recreativas Matencio, de la calle Estación, a 25 pesetas —0,15 euros— la partida. Otros nombres, como el mote que ya he mencionado hace unas líneas, Castro, buena persona y mejor amigo, aparecen porque creo que tengo la suficiente confianza con ellos, e incluso pienso que les puede resultar divertido recordar conmigo las venturas y desventuras que vivimos en ese barrio que nos vio crecer, ese lugar maravilloso en el centro de la ciudad llamado "Barrio de Santa Bárbara": el mejor barrio del mundo, ya lo veréis.
Continuará...